De lavanderas boyeras y buscarlas unicolores
| Notas naturales - Grupo GOTUR - Anillamiento científico de aves |
La lavandera boyera (Motacilla flava) es una de las especies que capturamos regularmente en la estación de anillamiento que el grupo GOTUR mantenemos en Silla. Las aves crían en la zona y es un buen punto de partida para llevar a cabo un control sobre los movimientos de la especie, tanto de la dispersión de las aves hacia otras localidades como a la inversa.
Y es precisamente, como ya se ha comentado en otras entradas, la llegada a la zona de lavanderas de subespecie dudosa la que más llama la atención. Si bien la raza ibérica, iberiae, está presente en la zona, son las formas intermedias -o incluso puras- con la raza italiana, cinereocapilla, las que acaparan nuestra atención.
Motacilla flava iberiae y cinereocapilla son dos subespecies en principio muy sencillas de distinguir. Ambas poseen una marca blanca en la garganta, rasgo único que no poseen otras subespecies europeas con capuchón gris como flava, thunbergi y feldegg. Entre las dos subespecies que nos ocupan, la principal diferencia estriba en la ceja blanca que posee la iberiae, al estilo de la flava nominal: bien pronunciada, se extiende desde la brida, cerca de la base del pico, hasta las auriculares, algo más atrás del ojo. Además, la parte superior de la cabeza (frente, píleo y nuca) es de un gris más claro. En la cinereocapilla, la ceja está ausente y ocasionalmente aparece un punto blanco en la parte superior del ojo. El tono gris oscuro de las partes superiores de la cabeza es casi indistinguible del de las partes laterales. En cuanto a las hembras de ambas subespecies, según la imprescindible Guía para la identificación de los paseriformes europeos de Lars Svensson, son indistinguibles.
Como se puede apreciar en la comparativa de fotos al inicio de la entrada, el ejemplar de la derecha, aunque ya desgastado -ambas aves se encontraban ya sacando las primeras plumas de la muda de verano, completa para esta especie- no posee rastro alguno de la gran ceja de la iberiae, sino el pequeño punto cercano al ojo al que se hacía referencia. En cambio, el ejemplar de la izquierda muestra una ceja demasiado grande para lo común en la raza italiana, pero a su vez muy exigua para la ibérica; el color de la cabeza de éste último es, a su vez, muy oscuro, como en cinereocapilla.
Por tanto, la constancia de las capturas para anillamiento en este lugar nos dará nuevos datos en pocas semanas, para finales de verano aproximadamente, cuando estos y otros machos adultos hayan terminado su muda completa y muestren un plumaje nuevo con todas las marcas bien resaltadas. Es entonces cuando podremos separar razas con algo más de tino y recopilar más datos sobre la hipotética hibridación entre subespecies. Sobre dicha hibridación he encontrado datos en la guía interactiva The Complete Birds of the Western Palearctic (Oxford University Press, 1998), en la que se indica que la subespecie cinereocapilla hibrida con iberiae en Córcega, la costa mediterránea francesa y, posiblemente, en Argelia y Túnez, es decir, justo en la franja en la que convergen ambas razas. A día de hoy parece ser que la franja se ha extendido por el resto de costa occidental del Mediterráneo llegando a nuestras poblaciones.
Cambiamos totalmente de especie para hacer una pequeña reseña sobre la buscarla unicolor (Locustella luscinioides), ave que fue capturada también ayer y que para mí todavía era la primera ocasión de datarla en mano. Pedro Marín fue quien sacó al ave de la red y aprovechó para ponerme a prueba, ya que no me dijo que habíamos capturado a la especie. Aunque se le escapó un “tenemos una sorpresa aquí” al sacarla, y luego disimuló diciendo que era una golondrina, la única del día, no la esperaba. Me entregó al ave después de una tanda de carriceros comunes, y es cierto que en una primera instancia uno puede confundir al ave. Me llamó la atención primero su tono marrón algo más oscuro; luego, la garganta de un blanco sucio tirando a grisáceo; empecé a sospechar y miré las patas, que eran oscuras pero no azuladas como en los juveniles de carricero... y ante la avalancha de dudas, miré la cola y me encontré algo totalmente diferente, con una forma más similar a la de los buitrones que a la de los carriceros. Efectivamente, teníamos una Locustella luscinioides juvenil entre las manos. Posteriormente Pedro me indicó que la manera rápida de diferenciar las especies en mano es observando las cobertoras infracaudales, de color marrón, rasgo que no comparte con ningún Acrocephalus. Destacan del ave también las cortas y redondeadas alas, ideales para moverse entre los carrizos, una característica afín a la mayoría de aves palustres de la familia -o antigua familia- de los Sylviidae.
Curiosamente, ayer no se oía a ninguna de las especies palustres de la zona cantar entre las cañas. No hay una idea clara sobre por qué ocurre esto, ya que a pesar de que los arrozales de Silla están pasando su periodo de secado y la cantidad de mosquitos ha descendido, los machos deberían seguir defendiendo su territorio de cría -todavía con posibles nidos en activo- y las arañas, presas corrientes de estas aves, siguen abundando. Además, la mayoría de capturas correspondieron a aves jóvenes.
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