Reyezuelo sencillo, un minúsculo invernante en Cullera
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En las zonas abiertas, las tarabillas comunes (Saxicola torquata), buitrones (Cisticola juncidis), currucas cabecinegras (Sylvia melanocephala) y algún que otro colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) se posaban en los matorrales y rocas allí presentes. Sin embargo, era en la pinada donde los pájaros parecían abundar más, escuchándose el reclamo del carbonero común (Parus major), el pinzón vulgar (Fringilla coelebs), el verdecillo (Serinus serinus), el mosquitero común (Phylloscopus colluybita) y el mito (Aegithalos caudatus). Estos últimos suelen acudir a observar a curiosos y extraños que llegan a su territorio y he aprovechado para ver si podía sacarles alguna foto, algo que sólo queda dificultado por la cantidad de ramitas que se interponen entre el pájaro y la cámara. Al final, sólo una aprovechable y no demasiado buena. Otro día se intentará.
En ese mismo instante, junto al primer grupo de mitos ha acudido un pájaro que rápidamente he identificado como un reyezuelo: pequeño tamaño, color verdoso y una lista pileal amarillenta. Al echar unas fotos, sin lograr aislar al ave en una rama donde destacase, he podido ver que se trataba del reyezuelo sencillo (Regulus regulus), con su lista amarilla y aros oculares claros que se juntan en su frente a modo de anteojos. Ha sido una grata sorpresa, pues me imaginaba que sería el reyezuelo listado (Regulus ignicapillus), especie más propia de estas latitudes y que ya observé en el mismo lugar en agosto, tratándose posiblemente de aves reproductoras de la zona.
Los reyezuelos sencillos suelen encontrarse sólo en la mitad norte de España como reproductores, siendo el límite las regiones más al norte de los sistemas Central e Ibérico. Su presencia en nuestra región suele ser habitual en invernada aunque muy escasa y localizada. Al parecer, El Cabeçol es una de las zonas de presencia regular de la especie durante estos meses. No lo había visto nunca antes por aquí, y mi única experiencia previa con la especie había sido en Nogueruelas (Teruel), donde capturamos un par de ejemplares para su anillamiento.
Los pájaros eran tremendamente confiados y el único problema que he tenido a la hora de fotografiarlos han sido las ramas del pino donde se encontraban y el nerviosismo de las aves, que en ocasiones saltaban a otra rama justo en el momento cuando conseguía enfocarlos. Por lo demás, su cercanía era tanta que he podido incluso usar el flash, necesario para iluminar la sombría copa del pino. Las aves no huían ni siquiera ante mis movimientos con la cámara, y han llegado a estar a apenas un metro de mí. Eso sí, siempre sin abandonar la espesura de la cubierta vegetal. Una experiencia muy simpática, sin duda.
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