La travesía de las limícolas
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En este mes que estrenamos hace una semana, observar limícolas en l'Albufera es un tema complicado. La gran mayoría de arrozales se han secado, quedando sólo charcos ocasionales de las últimas precipitaciones o algún campo puntual que mantiene agua por algún motivo. La mayoría de reservas naturales ofrecen un lugar de parada bastante agradable, pero que las aves abandonan pronto por la falta de comida. En los recién estrenados filtros verdes de Sollana y Sueca, el nivel de agua o la densidad de plantas nitrófilas utilizadas en estas instalaciones son tan altos que las pequeñas zancudas ni se acercan. Sólo la reserva del Tancat de La Ratlla ofrece durante unos días un lugar de asilo para las limícolas de características idénticas a los arrozales -no obstante, la reserva se compone de varias parcelas de arroz antiguas.
Queda ya bastante lejos febrero, el mes en el que las limícolas invernantes empezaron a marcharse y las primeras migrantes, como las agujas colinegras, empezaron a dejarse ver en buen número. Marzo es testigo del rápido descenso de los efectivos de estas aves, pues las últimas zonas del marjal inundadas desaparecerán pronto. Aún nos dará tiempo a ver a los primeros archibebes comunes, y los chorlitejos chicos llegarán y empezarán de inmediato sus paradas nupciales. Hoy todavía he observado a tres agachadizas comunes (Gallinago gallinago), que en estos días se encuentran de manera muy discreta en algunas zonas pantanosas vegetadas.
Este año parece que tenemos algo de suerte, pues una parcela arrocera en el Camí del Trompón (Sueca) que todos los años suele mantener algo de agua hasta mediados de marzo, sigue a día de hoy inundada. Su estatus actual ha sido clave, ya que el primer día del mes apareció un correlimos pectoral (Calidris melanotos), que se convierte en el segundo que se observa en l'Albufera durante el paso prenupcial, después del que se observó en mayo del año pasado. Además, ha sido el primer registro de la especie en 2011 para España. Con la cantidad de individuos que se vieron durante la pasada migración postnupcial, no es raro que algunos de los que acabaron viajando a África recorran ahora la ruta inversa respecto a la que atravesaron el pasado año. Pude observar al ejemplar aunque estaba demasiado lejos, por lo que hice una foto testimonial poco detallada. Me hubiera gustado tenerlo más cerca, pues no tengo ninguno fotografiado en plumaje adulto.
Estos campos con agua y alimento son un imán y poco a poco varias especies se van arremolinando sobre el barro húmedo. El pasado viernes había algunos archibebes comunes (Tringa totanus) y claros (Tringa nebularia), ocho correlimos menudos (Calidris minuta), dos correlimos de Temminck (Calidris temminckii) y unos pocos andarríos bastardos (Tringa glareola), además de los chorlitejos chicos y algunos andarríos grandes en los márgenes. Además, una solitaria pero confiada aguja colinegra (Limosa limosa) sondeaba el barro cerca de donde yo me encontraba. Junto a todos ellos se encontraban las habituales cigüeñuelas, que ya llevan varias semanas aumentando en número y dispersándose por el parque natural.
No he vuelto a pasarme por allí hasta hoy, casi una semana después. De por medio, ayer miércoles, pudimos observar un zarapito real (Numenius arquata) saliendo de la reserva del Tancat de La Ratlla mientras anillábamos entre sus carrizales. No podía dejar pasar el día de hoy para observar de nuevo el campo de Sueca, del que sabía que todavía tenía agua. El número de limícolas se ha multiplicado, y mientras algunas especies han visto reducidos sus números, otras nuevas han aparecido.
Así, hoy ya he podido observar a los primeros chorlitejos grandes (Charadrius hiaticula) con plumaje nupcial, acompañados de dos inusuales visitantes del marjal abierto, sus parientes los chorlitejos patinegros (Charadrius alexandrinus), más propios de la zona costera y desde el año pasado también presentes en el filtro verde del Tancat de Milia, pegado a la orilla sur de la laguna de l'Albufera, donde nidificaron. Los chorlitejos chicos residentes se entremezclan con los individuos que seguirán su viaje hacia el norte, vigilando los locales su territorio constantemente; de hecho, algunas parejas están a estas alturas incubando huevos que no tardarán ya en eclosionar.
Entre los calidrinos, el número de correlimos menudos, todavía mudando su plumaje de invierno, ha aumentado de manera tenue. Junto a ellos se observan ya a los primeros correlimos zarapitines (Calidris ferruginea), que también muestran las primeras trazas del plumaje reproductor. Les sobrepasan en número los andarríos bastardos (Tringa glareola), que son los más abundantes estos días. Con toda esta lista de especies ante mis ojos, algo ha detenido por unos instantes mi observación: en un momento dado, todas las aves del campo han salido volando al unísono; lo primero que he hecho ha sido mirar hacia atrás, pensando quizá que habría llegado alguien con su bicicleta y había espantado a los animales. Nada más lejos, la causa ha sido una mucho más natural: un majestuoso halcón peregrino (Falco peregrinus) ha dado un par de pasadas por el campo. No he logrado ver si conseguía capturar alguna pieza, pues lo he perdido de vista tras las cañas de una de las acequias, sin poder ver si se habría detenido en el suelo a comerse a su presa o ha seguido volando a baja altura.
Pronto ha vuelto la calma y las aves han ocupado nuevas posiciones en el campo. Esto me ha permitido observar de bien cerca a un par de correlimos de Temminck (Calidris temminckii) que se alimentaban nerviosamente entre los surcos dejados por las huellas de un tractor. Un último vistazo al campo para asegurarme que no me dejo nada sin ver, y doy por concluida la observación de limícolas. Antes de eso, varias de las aves allí presentes, quizá todavía en alerta por el susto del halcón, han vuelto a levantarse súbitamente al detectar una silueta sospechosa en el cielo: en esta ocasión se trataba de una simple gaviota reidora que pasaba por allí.
No sólo son estos los lugares donde pueden observarse limícolas, pues hay un par de especies que nos tienen acostumbrados a una presencia algo más discreta en número, pero mucho más amplia en regularidad y duración. Los andarríos chicos (Actitis hypoleucos) se pueden observar a diario en los azudes de Sueca y Cullera. A veces se me ha pasado por la cabeza la hipotética posibilidad de que estas especies estén nidificando en las riberas del Xúquer, pues desde hace catorce años los vengo encontrando en ambos azudes, en especial en el de Cullera, prácticamente cualquier día del año en el que vaya. Este año intentaré detectarlos entre junio y julio, meses en los que, de tratarse de aves foráneas, deberían estar ausentes.
La otra especie que todavía podemos encontrar saliendo de las acequias de poco caudal es el andarríos grande (Tringa ochropus), al cual estoy observando estos días en zonas de marjal totalmente secas, como la zona del Vedat de Cullera. No será rara su presencia a lo largo de estas semanas e incluso meses, pues es otra de las especies migratorias que pueden observarse durante todo el año, con una regularidad tan extrema que casi llegan a solaparse los últimos grupos de migrantes prenupciales (hasta la segunda mitad de junio) con los primeros postnupciales (a finales de la primera quincena de julio). Al ser una especie no reproductora en España, podría darse el caso de que muchas aves observadas en fechas inusuales fuesen grupos de individuos que por algún motivo no ocupan sus áreas de cría.
Hasta la llegada de mayo, en la que se inundarán los campos para plantar el arroz y durante unas semanas podremos ver limícolas por todos los lados, la visita de estas aves en el presente mes de abril dependerá de lo que aguanten las zonas inundadas, tanto en niveles de inundación como de alimento disponible. No hay que perderlos de vista, pues todavía nos pueden ofrecer más sorpresas; hoy ya ha sido visto el archibebe fino (Tringa stagnatilis) en el Racó de l'Olla, la especie de paso regular más escasa de todas y la que más ganas tengo de ver al detalle, después de dos años seguidos viéndolo de lejos y a contraluz. Es lo que tiene el campo, que las aves paran donde quieren, y esto no siempre resulta ser donde mejor le viene a uno.
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